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miércoles, 24 de agosto de 2011

corrupción, desfalcos colosales, grotescas transferencias a cuentas personales, violaciones a los DDHH, torturas, muertes, desapariciones se pagan en Trípoli. Gadafi cae!

El precedente artículo de Carlos Mesa responde con precisión a la pregunta de porqué Juan Evo Morales Ayma se aferra al poder y cómo ejercita este poder. El editor publicó ayer un otro artículo "Evo y Gadafi y su pasión por el poder" que compara al personaje hoy escondido en su propio país y que hizo todo lo posible durante 42 años para quedarse en el poder, aunque siendo consiente del rechazo de sus conciudadanos nunca quizo exhibir los títulos de "Presidente o Jefe de Gobierno", prefirió que lo llamaran "El guía espiritual o conductor líder de la Revolución", en lo que se asemeja a Evo que convocó multitudes en Tiahuanaco una y otra vez para ser proclamado "líder de los originarios de América", aunque al poco tiempo salió mal parado, porque el "cacique, kullahua, jillaka, mallku o lo que sea" y que le impuso la corona y le entregó un cetro, al más puso estilo monáquico, resultó siendo un narcotraficante, que acompañado por dos colombianos fabricaba "dulces de cocaína en su misma casa" y que hoy está recluído en la cárcel.
Convendría enumerar las formas de prolongarse en el poder que está practicando SE., a cual más desvergonzadas como pinchar los teléfonos de los líderes verdaderos de los pueblos originarios y acusarlos de pro-norteamericanos por haber tenido contacto con funcionarios subalternos de la Embajada estadounidense, sirva al margen de la enumeración ofrecida, el contenido de este editorial de LP, de LP.


Después de 42 años de dictadura, en los cuales se evidenciaron severos actos de corrupción, millonarios desfalcos en contra de las finanzas de la nación, grotescas sumas de dinero en cuentas bancarias en el exterior a título personal, violaciones reiteradas y sistemáticas a los derechos humanos, que incluyeron amenazas, intimidaciones, amedrentamientos, sometimientos, arrestos, desapariciones, torturas y muertes, el régimen de Muamar Gadafi llega a su fin. Los largos meses que duró el levantamiento de las fuerzas rebeldes, los largos años de espera han logrado, con la ayuda del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas, el Gobierno de los Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico del Norte, tomar el palacio de Bab al-Aziziya en Trípoli, capital de Libia, y con ello proclamar el término de la opresión llevada adelante por el líder árabe.
En las calles se escuchan todavía ráfagas de metralletas, fusiles y pistolas. Las más son muestras de júbilo, de festejo, de conmemoración y de victoria, proyectadas a la bruma de nubes y humo que, desde hace varios días, esconden los rayos del sol. Otras, aún se direccionan contra los fieles al dictador, hallados en casas, habitaciones de hoteles o en establecimientos públicos. Muamar Gadafi no ha sido encontrado aún. Se desconoce con certeza si éste se encuentra todavía en Libia, en algún búnker o escondite secreto —tal vez dentro de un pozo, una cloaca, una letrina, donde muchos consideran que pertenece— o si ha escapado con dirección a territorios. ¿Argelia? ¿Sudáfrica? ¿Chad? ¿Afganistán? El reloj de arena corre en su contra, cada grano que cae lleva a los rebeldes y a sus aliados a su encuentro.
Las naciones árabes, Estados Unidos y la Unión Europea han legitimado al Consejo Nacional de Transición, encabezado por Mustafá Abdeljalil, como la instancia de gobierno interina en Libia, lo que representa un momento histórico en la vida de este Estado. La Secretaría General de la ONU promueve la emisión de una resolución que siente las bases para que el Consejo Transitorio instaure un sistema democrático de convivencia, respetando los tratados universales de derechos humanos. Dicha resolución deberá motivar la redacción de una carta fundamental, una constitución, la redacción de los principios, valores y reglas de un nuevo pueblo.
Lo que debe precautelarse ahora, la responsabilidad que pesa sobre los líderes rebeldes, sobre las organizaciones y países que colaboraron con esta lucha, es que las batallas ganadas no se conviertan en un campo de ajuste de cuentas, de muertes innecesarias, de asesinatos. Ejecutados ahora, por venganza, por ira o por lo que sea, en contra de las personas que representen o se vinculen ideológicamente a Muamar Gadafi. Es tiempo de construir una nación, de asentar sus pilares, sus estructuras de gobernabilidad y democracia, pensando siempre en que los derechos de uno terminan donde empiezan los derechos del otro.

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