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miércoles, 11 de enero de 2017

Bernard Gutiérrez en su propuesta de divulgación de asuntos que interesan a la Comunidad de Cochabamba difunde este testimonio en honor a la verdad de lo ocurrido el 11 de nero del 2007 en la ciudad de Cochabamba. ver inclusive el video y conocer la verdad, o parte de la misma de una testigo que ha sido amenazada por divulgar la violencia masista de los seguidores de Evo Morales.


11 de enero

Benedetti dijo que el olvido es una forma velada de burlarse de la historia. Alguien también dice que el olvido es una terapia contra la crueldad del pasado, pero nuestro pasado, el del 11 de enero de 2007, está aún presente, plagado de verbos con efectos que no han cesado; un pretérito imperfecto en el más puro sentido. Esas cosas que ocurren de un momento a otro, que se convierten en hitos y estos en certezas, para el caso, en una certeza de que las cosas no volverían a ser iguales.

Si me preguntan, yo diría que el olvido es un recurso del alma para no intoxicarse con el veneno de los malos recuerdos, lo que no puede ocurrir es que el olvido se convierta en complicidad y, lo que es peor, que el silencio aliente la impunidad.

Cochabamba, corazón de Bolivia, fue víctima de un brutal atentado perpetrado por el Régimen de Evo Morales, el 11 de enero de 2007, apenas un año después de su arribo al poder, movilizando a miles de productores de hoja de coca excedentaria de quienes se ha valido para llegar, primero al Parlamento y luego a la Presidencia. La estrategia consistía en eliminar a la oposición política del País y la táctica estaba orientada en primera instancia a derrocar a la máxima autoridad del departamento, el Prefecto electo por voto popular, Manfred Reyes Villa. Tomaron la ciudad, se apostaron en ella, incendiaron el edificio principal de la Prefectura, para luego enfrentarse de manera violenta con una población urbana que reaccionó contra el abuso y la manipulación gubernamental. La crónica de ese tiempo habla de 450 heridos, la ruptura del orden democrático y un mártir asesinado de la forma más violenta e inhumana: Christian Urresti Ferrel.

Años después, el delito no se ha investigado y los responsables están quedando en la impunidad. No es extraño que así sea, el sistema de administración de justicia está sometido al poder político, como están los otros órganos del Estado. Esa impunidad habla de una realidad que se esconde detrás de medidas populistas que esconden el verdadero temperamento autocrático de quienes dicen, llegaron al poder para quedarse -a cualquier precio- habría que agregar. A los hechos de Cochabamba le sucedieron el derrocamiento del Prefecto de Pando con la matanza de Porvenir y el montaje del caso Terrorismo en Santa Cruz de la Sierra, cuya responsabilidad no puede sino atribuirse a una lógica perversa que tiene mucho que ver con la receta de dominio importada de Caracas y la Habana.

El domingo pasado fue publicada una entrevista a la madre de Christian Urresti, una mujer admirable que ha encontrando en su fe la brújula para navegar por el mar del dolor y en el trabajo social que realiza, el argumento para demostrarle al mundo que en el corazón de una madre puede encontrarse la única y verdadera razón por la cual los seres humanos aún no nos hemos aniquilado unos a otros al punto de exterminarnos y, por lo tanto, es posible continuar creyendo en nuestra especie; que hay esperanza para el mundo, una esperanza similar a la que Dios debe tener en nosotros, por gente como ella.

La señora Urresti, ha hecho de Cochabamba, su Plaza de Mayo. No se viste de blanco ni pasea con carteles todos los días, lo de ella es alimentar a los niños de la calle, como si en cada pieza de pan que reparte, entregara un pedazo de ese corazón de madre infinito, como si cada sonrisa de un niño que alimenta, le devolviera la sonrisa del hijo que ha perdido. Es un mensaje silencioso, de amor y perdón, ese perdón que no se expresa con palabras y que se hace carne y cobra vida con acciones.

A nuestro pueblo le corresponde el no olvidar, no para ir por venganza, sí por justicia, pero además y fundamentalmente, porque tenemos la obligación de mantener ese hecho en nuestra memoria colectiva para evitar que nuestros hijos vuelvan a vivir la amenaza de otro 11 de enero; para preservar la vida. No encuentro otra manera de honrar la memoria de Christian Urresti.
Un par de archivos como referencia:

viernes, 6 de enero de 2017

"los ponchos rojos" bien pueden ser "los de la Mazorca" del colectivo argentino inmortalizada por Mármol y que W.Estremadoiro menciona hoy de pasada y que nosotros habíamos anota hace mucho.

Previus: Cuando Estremadoiro se refiere de pasada a "la Mazorca" en su versión de "los movimientos sociales" de Evo y el MAS, nos recuerda lo que escribiera hace tiempo Marcelo Ostria con todo acierto ya en 2012, o nuestras variadas referencias a La Mazorca del tirano Rosas en Argentina comparándolos con los Ponchos Rojos, dados a la vorágine y la violencia, que sin embargo fueron derrotados en La Calancha por aguerridos jóvenes chuquisaqueños que les hicieron poner pies en polvorosa y huir del escenario sucrense del cual los Ponchos...creyeron haberse adueñado, episodio que bien recuerda Eurodoro Galindo Jr., en su histórico "el legado maldito", por ello y para continuar nuestras referencias y comparaciones, empezamos por reproducir este jugoso texto:

En 1835, el general argentino Juan Manuel de Rosas fue investido con la suma del poder político que le fuera otorgado por la legislatura. Esto incluía la facultad irrestricta de ejercer los tres poderes del Estado –según se dijo– para “conservar, defender y proteger la religión católica” y para “sostener la causa nacional de la federación”. Lo curioso es que ese poder fue ratificado en comicios populares, con 9.713 votos a favor y siete en contra, consolidando en el mando de la nación al que iba a ser uno de los tiranos más temidos en Hispanoamérica, hasta su caída en, 1852.
La suma del poder político, que se concentra en una persona, aún está vigente. Con frecuencia esto se esconde tras circunstanciales mayorías y con leyes que consagran esta anomalía de la democracia. Desde Rosas en Argentina y Melgarejo en Bolivia, los tiempos han cambiado, pero no los métodos. Se sigue justificando la suma del poder–hay que repetirlo– por un supuesto consenso ciudadano que acepta el sometimiento del pueblo a la voluntad caprichosa del caudillo. Y así, nace otra figura execrable: la del culto a la personalidad, la del ‘jefe’, atribuyéndole todas las virtudes y justificando todos sus yerros.
Pero muchos somos impenitentes optimistas y audaces en el empeño de que vuelva la sensatez. Creemos que, pasadas las fiestas de fin de año, que siempre despiertan esperanzas, llega el tiempo propicio para la reflexión y para actuar con realismo. Los buenos deseos que compartimos requieren, para que se cumplan, de condiciones favorables y de un propósito de enmienda.
Que se produzca esa rectificación depende de la conducta que sigan en adelante los que ahora tienen en sus manos ese amplio poder de decisión, es decir, una renovada suma del poder político a través de una sólida mayoría oficial en el Parlamento, de la paulatina captura de las gobernaciones, del predominio abrumador en los organismos de control público, de la subordinación total de los organismos armados y, finalmente, de una peculiar administración de justicia recién conformada. Estos son los elementos de esa suma del poder.
Habrá que tomar conciencia de lo errada que es la justificación de que el mando político irrestricto es indispensable para transformar las estructuras del Estado; que, sin el poder omnímodo, correría riesgos el manido ‘proceso de cambio’ para llevar adelante una curiosa revolución llamada cultural; que la torpeza y arbitrariedad son parte de un plan de ‘descolonización’ que, en realidad, solo nos está aislando de la sociedad internacional que –quiérase o no– está globalizada; que todo esto nos está llevando a tomar partido en favor de dictaduras teocráticas, como la de los ayatolás iraníes, y de las otras que están urdiendo eternizarse en el poder, y que ya han conseguido, como Hugo Chávez, esa ominosa suma del poder que se empeña en reditar.
No son muchas las medidas para devolver la sensatez y la confianza: el abandono de la soberbia que se manifiesta en la imposición y dejar la creencia de que quienes señalan errores y proponen caminos políticos distintos son enemigos del pueblo. Es más: hay que aceptar que el poder eterno es una quimera y que “la alternancia fecunda el suelo de la democracia”, ya que esta –la democracia– “es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, excepto todos los demás” (Winston L. S. Churchill).
Si se comprendiera parte de lo que se requiere para asegurar a libertad, no habría más ‘iluminados’ y el futuro sería prometedor.
Pero, ¿no será todo esto pedir peras al olmo?

* Abogado y diplomático

domingo, 1 de enero de 2017

con la precisión de un cirujano, el historiador Carlos Mesa dibuja el perfil resumido de los 10 gobiernos más largos desde Santa Cruz a Morales, aunque de éste último dice "correr mucha agua" antes del juicio definitivo. Ilustrativo.

Evo Morales encabezó lo que él mismo denomina como “Proceso de Cambio”, cuyos rasgos relevantes son la Constitución de 2009, el empoderamiento indígena y una bonanza económica sin precedentes. Queda aún mucha agua por correr para hacer un juicio definitivo sobre su gestión
El 24 de diciembre de 2016 el presidente Evo Morales ha superado en permanencia en el Gobierno a Hugo Banzer, quien en dos Gobiernos sumó un total de 10 años, 11 meses y un día en el mando. Morales es ya el segundo gobernante con más tiempo en el poder después de Víctor Paz quien, en cuatro periodos presidenciales, gobernó 12 años y seis meses, y es el primero con más tiempo continuo en el poder.
Veamos de manera somera la significación de los 10 hombres que han gobernado más tiempo a Bolivia. Andrés Santa Cruz que gobernó nueve años y 10 meses (1829-1831/1831-1835/1835-1839), fue –sin duda-- el organizador de los fundamentos de la República después de la aguda crisis económica que enfrentó Sucre como producto de la Guerra de Independencia. Consolidó Tarija para Bolivia al crear el Departamento de ese nombre y derrotar definitivamente a la Argentina en la guerra de 1838 que garantizó la permanencia tarijeña en nuestra heredad. Fue quien concibió la idea de una gran República Panandina a través de la Confederación Perú-Boliviana, que tras tres años de vida fue desbaratada por la estrategia chilena de Portales. Fue, en suma, uno de los proyectos nacionales más significativos de nuestro pasado.
José Ballivián, quien presidió el país por seis años y tres meses (1841-1847), dio el giro definitivo al destino nacional al consolidar con el triunfo de Ingavi la idea de Bolivia como una nación separada de Lima y de Buenos Aires. Continuó con éxito el proyecto crucista de la organización del Estado y sus instituciones. La creación del Departamento del Beni fue el primer gran esfuerzo desde el centro del poder por integrar el noreste de nuestro territorio.
Manuel Isidoro Belzu que rigió los destinos de Bolivia por seis años y ocho meses (1848-1855), condujo el primer Gobierno que apoyó su fuerza en los sectores populares urbanos, los gremios, los artesanos y los más desposeídos con un discurso con algo del socialismo utópico. A pesar de su acción liberal con relación a las concesiones de la explotación de la quina, fue asumido como el pionero de las ideas nacionalistas.
Mariano Melgarejo, presidente por seis años (1865-1871), es un arquetipo del dictador atrabiliario anclado en el caudillismo más ramplón. Los tres rasgos que lo estigmatizan son los tratados internacionales con el Brasil y con Chile, que cercenaron por la vía diplomática significativas partes de nuestro territorio y el inicio de la política de expoliación de las tierras de indígenas de comunidad.
 José Manuel Pando, primer mandatario durante cinco años y cinco meses (1899/1899-1904), es una de las figuras señeras del liberalismo, etapa crucial de la historia del país. Conductor de los “federales” paceños en la Guerra Civil, representa la paradoja del estratega y el político brillante en contrasta con su decisión de romper el pacto con Zárate Villca tras el gran levantamiento indígena. Pando, ideólogo liberal, explorador del norte, fue combatiente en primera fila en la Guerra del Acre siendo ya Presidente del país.
Ismael Montes que gobernó nueve años (1904-1909/1913-1917), fue reputado como el liberal por excelencia. Pragmático y amigo de la modernidad, condujo el país a reformas fundamentales como la educativa, la financiera y la militar, pero lleva en su espalda el imperdonable baldón de la firma del Tratado de 1904.
Víctor Paz Estenssoro, primer mandatario durante 12 años y medio (1952-1956/1960-1964/1964/1985-1989), es la figura principal del siglo XX, condujo el país en tres momentos distintos, el de la Revolución Nacional de 1952 hito imprescindible del siglo pasado que cambió el país para siempre, condujo luego la institucionalización y “moderación” del proceso al despuntar los años 60 e, irónicamente, llevó a cabo el salvataje de una nación quebrada económicamente, que abrió las puertas al renacimiento del liberalismo económico tras la derrota de la hiperinflación.
Hernán Siles Zuazo, su sucesor, que encabezó el país durante seis años y nueve meses (1956-1960/1982-1985), es con Paz Estenssoro. como el espejo de la dupla Pando-Montes. Le tocó reordenar la economía tras los cambios de 1952 y fue el gran artífice de la recuperación de los valores democráticos el 10 de octubre de 1982, lamentablemente a costa de un colapso económico sin precedentes.
Hugo Banzer, gobernante por 10 años y 11 meses (1971-1978/1997-2001), representó la férrea dictadura que resolvió en sangre la polarización del país y la articulación del proceso democrático. Su segundo Gobierno se ahogó en una aguda crisis económica con la que comenzó la crisis política de octubre.
Evo Morales que gobierna ya por 10 años y 11 meses, encabezó lo que él mismo denomina como “Proceso de Cambio”, cuyos rasgos relevantes son la Constitución de 2009, el empoderamiento indígena y una bonanza económica sin precedentes. Queda aún mucho agua por correr para hacer un juicio definitivo sobre su gestión.

El autor fue Presidente de la República.
http://carlosdmesa.com/ 
Twitter: @carlosdmesag

viernes, 30 de diciembre de 2016

entretenida e ilustrativa diría la narración de Kempff Suárez sobre la extensa tarea diplomática que cumplió representando a Bolivia en Espana, Paraguay, Uruguay, Argentina, México. su hoja de servicios es brillante porque siendo hombre culto, sobrio, de buenas costumbre nos representó sin manchas ni escandaletes. su rememoración es casi apasionada, merece repasarse.


Recuerdos de la diplomacia



Manfredo Kempff Suárez

Estoy en la disyuntiva de escribir unos recuerdos diplomáticos o una novela sobre los años que pasé por el Servicio Exterior. Mi preferencia me lleva más hacia la literatura, pero siempre queda la tentación de ser más riguroso, más trabajador, e irse por la parte histórica, acumulando recuerdos y registrándolos. Es una tarea pesada pero vale la pena intentarlo. Hoy no voy a novelar y más bien recordar brevemente a los presidentes y jefes de Estado que conocí a lo largo de mi carrera diplomática. Se trató de personajes históricos, unos más importantes que otros, que creo interesan.

Todo comenzó cuando a mis 23 años partí a España como segundo secretario, en 1968, épocas de Franco. Por mi rango, no tuve muchas oportunidades de verlo, salvo en dos ocasiones en que estreché la mano a ese anciano de apretón fuerte y mirada de águila. La primera, cuando presentó credenciales el embajador Osvaldo Monasterio y la segunda cuando lo hizo el general Alfredo Ovando. Franco recibía credenciales en el Palacio de Oriente, en la misma sala en que hoy las recibe el rey. En una oportunidad estuve a pocos metros de él durante una parada militar en el Paseo de la Castellana, cuando los aplausos los ganaba la Legión Española que Franco había comandado.

En 1972 fui primer secretario en Paraguay, cuando el poder de Stroessner estaba en su cénit. A Stroessner lo vi más que a Franco, porque no vivía tan custodiado como el Caudillo. Lo saludé en las presentaciones de credenciales del Cnl. Andrés Selich, de Herberto Castedo y de Gustavo Melgar, en el Palacio de López. Luego lo vi de muy cerca en el Panteón de los Héroes, donde Stroessner echaba palizas verbales a brasileños, argentinos y uruguayos, recordando las hazañas del Mariscal muerto en Cerro Corá. Estuve junto a él cuando el presidente Banzer hizo una visita oficial a Paraguay y cuando el canciller boliviano Mario R. Gutiérrez ofreció una recepción en el Hotel Guaraní, donde, como algo excepcional, asistió Stroessner, y cuando sucedieron tristes hechos históricos que no son tema de esta nota.
En 1978, estando como Ministro Consejero en México, gobernaba el Lic. López Portillo, a quien apenas saludé para el grito de la independencia en El Zócalo. Mi jefe era el embajador Waldo Cerruto y cuando cesó a raíz de la caída de Banzer, me quedé como Encargado de Negocios, pero por entonces las relaciones con México eran frías y no pasaban de vacuos discursos de hermanamiento a través de la historia, del mestizaje común, y poco más.

En 1980, a mis escasos 35 años, fui designado embajador de un gobierno de facto en una España que estrenaba Constitución. Presenté credenciales al joven rey Juan Carlos I en el Palacio de Oriente, donde por cosas del protocolo fui trasladado, como todos los embajadores, en carroza y con la Guardia Real a caballo, por pleno Madrid de los Austrias. Además del rey, que siempre fue una persona muy cordial y con quien conversé en algunas ocasiones, saludé en una oportunidad a Adolfo Suárez que por esos meses dejaba su cargo de presidente, y un par de veces a Calvo Sotelo, su sucesor.

A fines de 1990 mi destino fue Uruguay y allí forje una buena amistad con el presidente Luis Alberto Lacalle, hombre carismático y abierto. Nos encontrábamos con frecuencia en reuniones oficiales y privadas con nuestras respectivas esposas, lo que repetimos en encuentros en Madrid y Buenos Aires, posteriormente. Lo acompañé durante su visita oficial al presidente Paz Zamora a Bolivia y juntos pasamos un buen susto cuando en el viaje de retorno, a bordo del 001 de la Presidencia de Bolivia – creo que era el Lear Jet -, tuvimos un problema eléctrico en el vuelo Asunción-Montevideo y debimos retornar a la capital paraguaya. El detalle fue que la tripulación no avisó del inconveniente y en el aeropuerto de Montevideo hubo preocupación porque el avión con Lacalle a bordo no llegaba. Esas eran las naves que utilizaban los mandatarios bolivianos antes de que empezara la fiesta del gas.

En 1997 como embajador en Argentina conocí a Carlos Menem con quien tuve una buena relación aunque no tan intensa como hubiera deseado. Era hombre amable y ameno en su charla, pero no muy afecto a los diplomáticos. Tenía una gran popularidad entre el empresariado más encumbrado, aunque acabó su gestión desprestigiado. De la Rúa, a quien condecoré en la residencia de la embajada siendo Intendente de Buenos Aires, se encontró con una Argentina en un caos total y ya sabemos cuáles fueron las consecuencias.

Durante el breve gobierno de Tuto Quiroga, retorné nuevamente como embajador a Madrid, algo poco usual pero que suele suceder. Mi reencuentro con el rey Juan Carlos fue muy cordial porque meses antes, con mi esposa María Teresa, habíamos sido acompañantes del rey y la reina en emotivas visitas a La Paz, Potosí y Sucre, cuando aún gobernaba Banzer. José María Aznar era el presidente del Gobierno y lo conocí aunque no como para preciarme de haber tenido amistad con él. Transcurrida mi misión en Madrid volvimos a encontrarnos con la pareja real en Cartagena de Indias, cuando García Márquez cumplió sus 80, donde mantuvimos un contacto grato aunque limitado por razones obvias: los reyes eran muy requeridos.

lunes, 12 de diciembre de 2016

reconocer que no conocí el detalle de haberse M.V.LL. enrollado, en una organización castrista durante 10 años, sí que M.V.Ll. como todos los jóvenes de nuestra generación fue admirador y hasta militante de la causa cubana hasta que "llegó la gradual decepción" y se convirtió en gran crítico de F.Castro. lo cuenta aquí

La muerte de Fidel

La desaparición del dictador cubano marca el fin de un sueño de un paraíso, que sin libertad ni derechos humanos, se convirtió en un infierno


 El 1 de enero de 1959, al enterarme de que Fulgencio Batista había huido de Cuba, salí con unos amigos latinoamericanos a celebrarlo en las calles de París. El triunfo de Fidel Castro y los barbudos del Movimiento 26 de Julio contra la dictadura parecía un acto de absoluta justicia y una aventura comparable a la de Robin Hood. El líder cubano había prometido una nueva era de libertad para su país y para América Latina y su conversión de los cuarteles de la isla en escuelas para los hijos de los guajiros parecía un excelente comienzo.
En noviembre de 1962 fui por primera vez a Cuba, enviado por la Radiotelevisión Francesa en plena crisis de los cohetes. Lo que vi y oí en la semana que pasé allí —los Sabres norteamericanos sobrevolando el Malecón de La Habana y los adolescentes que manejaban los cañones antiaéreos llamados “bocachicas” apuntándolos, la gigantesca movilización popular contra la invasión que parecía inminente, el estribillo que los milicianos coreaban por las calles (“Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”) protestando por la devolución de los cohetes— redobló mi entusiasmo y solidaridad con la Revolución. Hice una larga cola para donar sangre e Hilda Gadea, la primera mujer del Che Guevara, que era peruana, me presentó a Haydée Santamaría, que dirigía la Casa de las Américas. Esta me incorporó a un Comité de Escritores con el que, en la década de los sesenta, me reuní cinco veces en la capital cubana. A lo largo de esos 10 años mis ilusiones con Fidel y la Revolución se fueron apagando hasta convertirse en críticas abiertas y, luego, la ruptura final, cuando el caso Padilla.
Mi primera decepción, las primeras dudas (“¿no me habré equivocado?”) ocurrieron a mediados de los sesenta, cuando se crearon las UMAP, un eufemismo —las Unidades Militares de Ayuda a la Producción— para lo que eran, en verdad, campos de concentración donde el Gobierno cubano encerró, mezclados, a disidentes, delincuentes comunes y homosexuales. Entre estos últimos cayeron varios muchachos y muchachas de un grupo literario y artístico llamado El Puente, dirigido por el poeta José Mario, a quien yo conocía. Era una injusticia flagrante, porque estos jóvenes eran todos revolucionarios, confiados en que la Revolución no sólo haría justicia social con los obreros y los campesinos sino también con las minorías sexuales discriminadas. Víctima todavía del célebre chantaje —“no dar armas al enemigo”— me tragué mis dudas y escribí una carta privada a Fidel, pormenorizándole mi perplejidad sobre lo que ocurría. No me contestó pero al poco tiempo recibí una invitación para entrevistarme con él.
Fue la única vez que estuve con Fidel Castro; no conversamos, pues no era una persona que admitiera interlocutores, sólo oyentes. Pero las 12 horas que lo escuchamos, de ocho de la noche a las ocho de la mañana del día siguiente, la decena de escritores que participamos de aquel encuentro nos quedamos muy impresionados con esa fuerza de la naturaleza, ese mito viviente, que era el gigante cubano. Hablaba sin parar y sin escuchar, contaba anécdotas de la Sierra Maestra saltando sobre la mesa, y hacía adivinanzas sobre el Che, que estaba aún desaparecido, y no se sabía en qué lugar de América reaparecería, al frente de la nueva guerrilla. Reconoció que se habían cometido algunas injusticias con las UMAP —que se corregirían— y explicó que había que comprender a las familias guajiras, cuyos hijos, becados en las nuevas escuelas, se veían a veces molestados por “los enfermitos”. Me impresionó, pero no me convenció. Desde entonces, aunque en el silencio, fui advirtiendo que la realidad estaba muy por debajo del mito en que se había convertido Cuba.
La ruptura sobrevino cuando estalló el caso del poeta Heberto Padilla, a comienzos de 1970. Era uno de los mejores poetas cubanos, que había dejado la poesía para trabajar por la Revolución, en la que creía con pasión. Llegó a ser viceministro de Comercio Exterior. Un día comenzó a hacer críticas —muy tenues— a la política cultural del Gobierno. Entonces se desató una campaña durísima contra él en toda la prensa y fue arrestado. Quienes lo conocíamos y sabíamos de su lealtad con la Revolución escribimos una carta —muy respetuosa— a Fidel expresando nuestra solidaridad con Padilla. Entonces, este reapareció en un acto público, en la Unión de Escritores, confesando que era agente de la CIA y acusándonos también a nosotros, los que lo habíamos defendido, de servir al imperialismo y de traicionar a la Revolución, etcétera. Pocos días después firmamos una carta muy crítica a la Revolución cubana (que yo redacté) en que muchos escritores no comunistas, como Jean Paul Sartre, Susan Sontag, Carlos Fuentes y Alberto Moravia tomamos distancia con la Revolución que habíamos hasta entonces defendido. Este fue un pequeño episodio en la historia de la Revolución cubana que para algunos, como yo, significó mucho. La revaluación de la cultura democrática, la idea de que las instituciones son más importantes que las personas para que una sociedad sea libre, que sin elecciones, ni periodismo independiente, ni derechos humanos, la dictadura se instala y va convirtiendo a los ciudadanos en autómatas, y se eterniza en el poder hasta coparlo todo, hundiendo en el desánimo y la asfixia a quienes no forman parte de la privilegiada nomenclatura.
¿Está Cuba mejor ahora, luego de los 57 años que estuvo Fidel Castro en el poder? Es un país más pobre que la horrenda sociedad de la que huyó Batista aquel 31 de diciembre de 1958 y tiene el triste privilegio de ser la dictadura más larga que ha padecido el continente americano. Los progresos en los campos de la educación y la salud pueden ser reales, pero no deben haber convencido al pueblo cubano en general, pues, en su inmensa mayoría, aspira a huir a Estados Unidos, aunque sea desafiando a los tiburones. Y el sueño de la nomenclatura es que, ahora que ya no puede vivir de las dádivas de la quebrada Venezuela, venga el dinero de Estados Unidos a salvar a la isla de la ruina económica en que se debate. Hace tiempo que la Revolución dejó de ser el modelo que fue en sus comienzos. De todo ello sólo queda el penoso saldo de los miles de jóvenes que se hicieron matar por todas las montañas de América tratando de repetir la hazaña de los barbudos del Movimiento 26 de Julio. ¿Para qué sirvió tanto sueño y sacrifico? Para reforzar a las dictaduras militares y atrasar varias décadas la modernización y democratización de América Latina.
Eligiendo el modelo soviético, Fidel Castro se aseguró en el poder absoluto por más de medio siglo; pero deja un país en ruinas y un fracaso social, económico y cultural que parece haber vacunado de las utopías sociales a una mayoría de latinoamericanos que, por fin, luego de sangrientas revoluciones y feroces represiones, parece estar entendiendo que el único progreso verdadero es el que hace avanzar la libertad al mismo tiempo que la justicia, pues sin aquella este no es más un fugitivo fuego fatuo.
Aunque estoy seguro de que la historia no absolverá a Fidel Castro, no dejo de sentir que con él se va un sueño que conmovió mi juventud, como la de tantos jóvenes de mi generación, impacientes e impetuosos, que creíamos que los fusiles podían hacernos quemar etapas y bajar más pronto el cielo hasta confundirlo con la tierra. Ahora sabemos que aquello sólo ocurre en el sueño y en las fantasías de la literatura, y que en la realidad, más áspera y más cruda, el progreso verdadero resulta del esfuerzo compartido y debe estar signado siempre por el avance de la libertad y los derechos humanos, sin los cuales no es el paraíso sino el infierno el que se instala en este mundo que nos tocó.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Alvaro que al igual que su padre Mario Vargas Llosa tiene preferencia por el mundo latino, analiza a profundidad y se pregunta "Cuba, ahora qué" y muestra que el castrismo ha de pervivir largo en la Isla habida cuenta de una realidad que abruma. conoce muy bien Alvaro y adelanta algunos presagios. la lectura de 10 minutos es ilustrativa.



Álvaro Vargas Llosa


No fue a La Habana a despedir a Fidel Castro ningún jefe de Estado o de gobierno en funciones de un país desarrollado, ni siquiera un mandatario o dictador de los BRICS, y las ausencias latinoamericanas incluyen a los gobernantes de Brasil y Argentina, así como de tres de los cuatro países integrantes de la Alianza del Pacífico (la excepción fue México). Con seguridad tampoco habría ido el mandatario de Colombia si no fuera porque La Habana hospedó las negociaciones de su gobierno con las FARC.

Hay, pues, una notoria desproporción entre las declaraciones oficiales y los trinos (tuits) que los gobiernos de medio mundo dedicaron a Castro y la presencia física de líderes extranjeros en la interminable despedida oratoria que se le tributó al fenecido líder de la revolución cubana en la Plaza de la Revolución. Da una idea de lo poco que significa esa Revolución para el mundo próspero y para el emergente, y de lo anacrónica que resulta la figura de Fidel para el mundo.
Compárese esto, por ejemplo, con lo que fueron los funerales de Tito en la Yugoslavia de 1980, cuando presidentes y monarcas de muchos lugares se hicieron presentes. Hoy pesa muy poco Cuba como país y, aun menos que Cuba, la Revolución. Es un epitafio cruel para quien pasó su vida tratando de ensanchar el perímetro geográfico y geopolítico de la isla, y el de su propia figura, y llegó a creerse el cuento de que Cuba estaba en el centro del mundo.

Mientras tanto, otras islas dedicaron el tiempo a abandonar la pobreza y hacerse poderosas económicamente, resignándose a que su rol en la política internacional fuese limitado. En ellas se vive hoy mucho mejor que en Cuba.

¿Cuál es el legado de Fidel? El político no puede ser más negro. La última elección democrática tuvo lugar en 1948 porque, desde que tumbó al dictador Batista, Castro convirtió a su país en un Estado policial mucho más prolongado y organizado del que derrotó en 1959. Las guerrillas que sembró en buena parte de América Latina dieron pie a dictaduras militares de extrema derecha a las que luego sucedieron las democracias hoy vigentes. Medio siglo después, los gobiernos admiradores de Castro han sido expulsados por la vía constitucional (Brasil) o derrotados en las urnas (Argentina), o sobreviven porque se han vuelto de extrema derecha (Nicaragua), o han tenido que anunciar su retirada (Ecuador, Bolivia), o se han hundido en el descrédito (Venezuela).

Pero más elocuente aún que todo eso, es el hecho de que en 2007, meses después de que Fidel dejara el poder para tratarse la diverticulitis, primero de forma interina y años más tarde definitiva, Raúl empezó a deshacer elementos esenciales del modelo de la Revolución. No fue muy lejos, y no renunció a la dictadura de partido único, pero la orientación de las reformas -la apertura migratoria, el “cuentapropismo”, la normalización diplomática con Estados Unidos sin esperar el levantamiento del embargo- tenía un tufo contrarrevolucionario.

Castro logró, a pesar de ello, que su Revolución durara casi medio siglo (él estuvo al mando durante 47 años). Su capacidad para organizar un Estado policial eficaz no está en duda. Cabe preguntarse si le hubiera sido posible sostenerse sin convertir al régimen antiimperialista en un satélite soviético durante décadas. Sin los 65 mil millones de dólares a los que, según el prestigioso economista Carmelo Mesa-Lago, ascendió el subsidio soviético durante 30 años, ¿habría sobrevivido Fidel? Y, pasado el “período especial” de los años 90 tras la caída del Muro de Berlín y el imperio comunista, ¿habría aguantado en pie sin los más de 10 mil millones de dólares anuales recibidos gracias al venezolano Hugo Chávez a través de un comercio y unas inversiones que eran dádivas encubiertas?

Ese es el legado político. ¿Cuál es el económico? Una isla que podría ser una potencia agrícola importa hoy más de 1.800 millones de dólares en alimentos porque no es capaz de producirlos; la zafra azucarera, en una de las otrora capitales mundiales del azúcar, ha pasado de ocho millones de toneladas a poco más de… ¡un millón! El grueso de la economía son servicios sociales que se hace costosísimo mantener porque cada vez hay más gente de la tercera edad y menos gente joven, y la poca actividad industrial representa hoy casi la mitad de la que había cuando cayó el Muro de Berlín. ¿Culpa del embargo? No: Cuba hubiera podido comerciar con los demás países del mundo y atraer muchos capitales originados allí si se lo hubiera propuesto en serio.
Mientras que Deng Xiaoping optó en 1978 por una revolución capitalista en China y sentó las bases para que su país se volviera la segunda economía del mundo, en la isla Fidel optó por la vía contraria; su país, que era la tercera economía de América Latina, pasó a ser una de las últimas.

Sí, algunas áreas, como la educación y la salud, recibieron mucho énfasis y por tanto exhiben algunos índices alentadores, pero Cuba ya estaba en 1959 entre los mejores del contexto latinoamericano. Además, no tiene sentido aislar esas áreas del conjunto de la economía porque, a fin de cuentas, el deterioro general no exonera a la educación y la salud. Por eso en tantos períodos los hospitales de Cuba han carecido de cosas elementales.
También es cierto que algunas zonas del interior del país, gracias a la redistribución, se vieron beneficiadas y por tanto “igualadas” a otras. Pero la mediocridad general lleva décadas empujando a la gente a desafiar a los tiburones del estrecho de La Florida a bordo de una balsa para tratar de alcanzar las costas de Miami.
La cuestión -la gran cuestión- que se plantean ahora tanto la Revolución como los demócratas cubanos y la población en general, tiene que ver, no con el pasado ni el legado, sino con el futuro.
Después de Fidel, ¿qué?
En principio, Raúl Castro dejará la jefatura del Estado en 2018 según su propio compromiso para entregar el mando a Miguel Díaz-Canel, un ingeniero eléctrico que fue de los pocos miembros del Politburó nacidos después del triunfo de la Revolución. Sin embargo, cuando en 2013 Raúl hizo el anuncio de que no se quedaría más de cinco años al mando del Estado y designó a Díaz-Canel como aparente sucesor, no aclaró si abandonaría también el mando del Partido Comunista y de las Fuerzas Armadas, los verdaderos poderes de Cuba. Todo hace prever que, en el futuro cercano y mientras la salud se lo permita, será el mismo Raúl quien ejercerá ese control.

Hasta allí, todo parece claro, salvo que una lucha de poder al interior del régimen, por ejemplo entre reformistas y antirreformistas, o entre facciones generacionales, o entre amigos y enemigos del plan de sucesión, lleve las cosas por un rumbo imprevisible. La edad de Raúl no permite augurarle muchos más años de ejercicio del poder real. Por tanto, todos los focos apuntan a la siguiente generación de los Castro y en particular a Alejandro, el hijo de Raúl que hoy tiene poder como coronel del Ministerio del Interior y responsable de la contrainteligencia.

La familia de Raúl está umbilicalmente ligada al poder no sólo desde el punto de vista político sino también económico. El yerno o ex yerno de Raúl, Luis Alberto Rodríguez (casado o divorciado de Débora, su hija, según se les crea a unos u a otros), está a la cabeza de Gaesa, el “holding” militar que maneja la mitad de la economía cubana. Luis Alberto no es otra cosa que un instrumento de Raúl, al que rinde cuentas personalmente sin escala en instancia alguna.
Todas las fuentes significativas de divisas de Cuba pasan por ese organismo, que controla más de 50 empresas pertenecientes a las Fuerzas Armadas.

Gaesa es el “partner” con el que los capitales extranjeros tienen que asociarse si quieren invertir en turismo, venta minorista, infraestructura, propiedad inmobiliaria, etc. El diseño, personalmente ordenado por Raúl, viejo admirador de los modelos de China y Vietnam, responde a la necesidad de permitir que haya capitalismo en Cuba, pero en alianza con el partido único y, muy específicamente, con los Castro. Por eso es que no resulta realista pensar que Raúl se retirará en 2018 del mando real aun si se retira de la jefatura formal del Estado.
La capacidad de cualquier dictadura para sostenerse en el tiempo más allá de la vida de sus responsables no depende de quienes detentan el poder. Muchos factores que escapan a su control entran en juego. No es seguro que se pueda establecer una dinastía de los Castro o que, a la muerte de Raúl, sus hijos y los hijos de Fidel -que tuvo muchos, con distintas madres- estén en condiciones de hacerse con el poder. Pero lo que sí es seguro es que, a menos que se produzca una fractura o que el régimen se derrumbe, esa familia va a seguir teniendo una gravitación aplastante mientras no se produzca una transición política.

La otra transición, la económica, continuará con Raúl y, de acuerdo con su diseño, con quien venga después. Una transición lenta, limitada, con claro dominio por parte del estamento militar, pero de orientación capitalista. Hay ahora unas 200 actividades privadas permitidas y, gracias al “cuentapropismo”, es decir los pequeños negocios, un millón de personas realiza labores en beneficio propio en lugar de trabajar para el Estado. Este desahogo ha dado algo de oxígeno al gobierno, pero está lejos de ser suficiente para impulsar la economía de la isla.
La esperanza de Raúl y los suyos era que el capitalismo estadounidense, junto con el de otros países, rescatara a la Revolución. Pero la llegada de Trump al poder en Estados Unidos ha complicado los planes porque el presidente electo ha anunciado que modificará los términos de la normalización diplomática con Estados Unidos si La Habana no hace concesiones políticas. Aunque hay en el sector republicano y entre los empresarios estadounidenses crecientes voces a favor de levantar el embargo, lo cierto es que esa decisión pasa por el Congreso, donde la representación renovada el pasado mes de noviembre cuenta con detractores frontales de Cuba. El senador Marco Rubio, por ejemplo, jugará un papel importante en las relaciones exteriores a través de la comisión que se ocupa de esta área. Ni con un presidente demócrata ni con uno republicano es previsible, en el futuro inmediato, un levantamiento del embargo.

Aun así, Obama ha logrado, mediante órdenes ejecutivas, relajar en parte las restricciones. Gracias a ello, algunas líneas aéreas, como American o JetBlue, han iniciado vuelos regulares desde Nueva York y algunas empresas tecnológicas han iniciado el proceso para ofrecer servicios (también General Electric está en tratos). Si esta marea se interrumpe, Castro lo tendrá muy difícil para lograr que el capitalismo estadounidense lo rescate en el corto plazo. Si no se interrumpe, es improbable que se intensifique, lo que implicará una marcha económica a medio motor. Ello, en el contexto de una Venezuela que cada vez tiene más problemas para seguir sosteniendo con su subsidio a la isla.
Lo que deja Fidel es una Cuba con muchas más preguntas que respuestas.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Roberto Laserna ha tenido presencia mediática ininterrumpida desde largo, por ello su texto pesa, sus análisis son correctos, a pesar "de la molestia de los fidelistas y chavistas" del medio boliviano.

En la agitación de las redes causada por la muerte de Fidel, pues u posa de confesión que motivó cierto debate, algunas confesiones más, y malestar en otros amigos que no terminan de superar sus viejos amores.


 Tuve un afiche de Fidel en la pared, no del Che, porque me interesaba la obra y no el discurso. Cuando poco a poco supe la verdadera dimensión de esa obra, me alejé del afiche y la admiración hasta admitir que, como los del manual, había sido un idiota. No es fácil deci...rlo, y lamento que alguien se ofenda por el uso de tal palabra. 

 Pero lo que parece haber causado más enojo en los "fidelístas" fue un comentario sobre la distancia entre Martí y Fidel, que es similar a la de Bolívar y Chávez. Y es que, en el fondo, ahí se descubre la magnitud de la impostura que permitió a ambos embaucar a sus pueblos.


 Bolívar y Martí fueron republicanos y demócratas, pero sobre todo liberales. Digo sobre todo porque el objetivo fundamental de toda su acción política fue la libertad individual, para la cual la república y la democracia eran medios e instrumentos. Como el nacionalismo, que plantearon como afirmación de fuerza frente a las amenazas de potencias externas. Este componente, puramente instrumental y subordinado al fin principal de Bolívar y Martí como políticos, fue aislado y potenciado por Chávez y Castro hasta desfigurar completamente la herencia intelectual que pretendían recuperar. 

 Fidel se apropió de Martí, como de tantas otras cosas, y fue sin duda una genialidad política el haberlo hecho. Tal vez su única idea original, pues las demás llegaron de catecismos y manuales. Chávez la copió, escudando ambos sus atropellos a la libertad individual en el antiimperialismo nacionalista, algo que contradijo profundamente las ideas de sus supuestos antecesores. Así, los homenajes y gestos de sacralización, el culto a Martí y Bolívar que cultivaron Castro y Chávez, fueron en realidad repudiables traiciones al pensamiento y la lucha política que aquellos libraron. 


 No me extraña que moleste tanto señalar este hecho. Como dije, recuerda que la única genialidad política de Fidel estuvo basada en la mentira. No sería mala idea rescatar a Martí y a Bolívar del secuestro político al un fueron confinados.