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lunes, 21 de marzo de 2011

José Gramunt en pocas líneas nos refiere la situación que enfrenta Gadaffi después de haber engañado al mundo entero. su palabra se rebajó tanto que nadie cree en el "coronel golpista"

Aún en medio del espanto que el mundo entero experimenta ante la catástrofe que sufre Japón, nos alivia saber que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó con dificultades la intervención en Libia si Muammar Gaddafi persiste en su demencial represión contra su propio pueblo. Por fin, de los 15 miembros de ese consejo, diez votaron a favor y los cinco restantes, se abstuvieron. China, Rusia, India, Brasil y - ¿prudentemente? - Alemania. Los Estados Unidos, el Reino Unido y Francia ya habían anunciado su disposición de intervenir militarmente en cuestión de horas. Gaddafi ordenó un alto el fuego, pero siguió hostigando a los rebeldes. No obstante, el presidente Obama dejó bien claro que las fuerzas occidentales no dudarían en recurrir a su intervención militar. Aunque se dijo que ninguna de esas potencias tenía la intención de ocupar militarmente el territorio libio, salvo para cumplir fines humanitarios. Lo que sí queda por concretar es el apoyo del mundo islámico, aunque sea sólo una parte.
 
Recapitulando: primero -aún cuando un poco tarde- se pusieron en marcha los recursos de la disuasión. Pero sin oportunidad de réplica ni de negociación alguna por parte de Gaddafi. O dicho de otro modo: el déspota libio debe saber que en los tiempos actuales ya no son las “cañoneras” de las potencias, desplegadas en orden de combate, frente a las costas de los pequeños países dominados por algún dictadorzuelo ensoberbecido, como se hacía antaño. Ahora son los poderosos aviones de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia y sus eventuales aliados, dispuestos a bombardear las posiciones militares de Muammar Gaddafi si se hace la burla de la resolución de la ONU.
 
Pero como Gaddafi no es fiable, Obama le recordó que “ha perdido toda la confianza de su propio pueblo y cualquier legitimidad para actuar como líder”. Aún más claro, debe abandonar la jefatura y todos los poderes del Estado. Y si no lo asesina algún exaltado, vengando a los torturados y asesinados, tendrá que huir y encontrar algún país que lo acoja. Estoy seguro de que la inmensa mayoría de quienes siguen el caso de Libia -y voy a escribir algo heterodoxo-  no derramaría una sola lágrima por la muerte del torturador y asesino de su propio pueblo. Sin embargo, todavía nos queda el veto moral a la pena de muerte. Por esto la civilización occidental estableció los tribunales de justicia. Pues que lo juzgue el Tribunal Penal Internacional de La Haya, tal como lo establece la doctrina internacional que, en este caso debe acusarlo por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante los tenebrosos 41 años de sanguinario despotismo.
 
Dándole vueltas a la debilidad de Naciones Unidas, específicamente en el caso de Libia, me tentó la idea que el filósofo alemán Oswald Spengler estampó en su cuestionado libro titulado “La decadencia de Occidente”. La decisión de la ONU y de los países que la apoyan, que no han escatimado esfuerzos para disuadir a Gaddafi de su insania fratricida, me da alguna esperanza de que Occidente no ha caído en una irreversible decadencia. Aunque sí está pasando por una grave crisis como siempre ha ocurrido en la historia. Y añado que, en estas circunstancias, el cristianismo aún tiene mucho que anunciar, especialmente en lo que se refiere a la preeminencia de la dignidad humana.

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