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lunes, 12 de diciembre de 2016

reconocer que no conocí el detalle de haberse M.V.LL. enrollado, en una organización castrista durante 10 años, sí que M.V.Ll. como todos los jóvenes de nuestra generación fue admirador y hasta militante de la causa cubana hasta que "llegó la gradual decepción" y se convirtió en gran crítico de F.Castro. lo cuenta aquí

La muerte de Fidel

La desaparición del dictador cubano marca el fin de un sueño de un paraíso, que sin libertad ni derechos humanos, se convirtió en un infierno


 El 1 de enero de 1959, al enterarme de que Fulgencio Batista había huido de Cuba, salí con unos amigos latinoamericanos a celebrarlo en las calles de París. El triunfo de Fidel Castro y los barbudos del Movimiento 26 de Julio contra la dictadura parecía un acto de absoluta justicia y una aventura comparable a la de Robin Hood. El líder cubano había prometido una nueva era de libertad para su país y para América Latina y su conversión de los cuarteles de la isla en escuelas para los hijos de los guajiros parecía un excelente comienzo.
En noviembre de 1962 fui por primera vez a Cuba, enviado por la Radiotelevisión Francesa en plena crisis de los cohetes. Lo que vi y oí en la semana que pasé allí —los Sabres norteamericanos sobrevolando el Malecón de La Habana y los adolescentes que manejaban los cañones antiaéreos llamados “bocachicas” apuntándolos, la gigantesca movilización popular contra la invasión que parecía inminente, el estribillo que los milicianos coreaban por las calles (“Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”) protestando por la devolución de los cohetes— redobló mi entusiasmo y solidaridad con la Revolución. Hice una larga cola para donar sangre e Hilda Gadea, la primera mujer del Che Guevara, que era peruana, me presentó a Haydée Santamaría, que dirigía la Casa de las Américas. Esta me incorporó a un Comité de Escritores con el que, en la década de los sesenta, me reuní cinco veces en la capital cubana. A lo largo de esos 10 años mis ilusiones con Fidel y la Revolución se fueron apagando hasta convertirse en críticas abiertas y, luego, la ruptura final, cuando el caso Padilla.
Mi primera decepción, las primeras dudas (“¿no me habré equivocado?”) ocurrieron a mediados de los sesenta, cuando se crearon las UMAP, un eufemismo —las Unidades Militares de Ayuda a la Producción— para lo que eran, en verdad, campos de concentración donde el Gobierno cubano encerró, mezclados, a disidentes, delincuentes comunes y homosexuales. Entre estos últimos cayeron varios muchachos y muchachas de un grupo literario y artístico llamado El Puente, dirigido por el poeta José Mario, a quien yo conocía. Era una injusticia flagrante, porque estos jóvenes eran todos revolucionarios, confiados en que la Revolución no sólo haría justicia social con los obreros y los campesinos sino también con las minorías sexuales discriminadas. Víctima todavía del célebre chantaje —“no dar armas al enemigo”— me tragué mis dudas y escribí una carta privada a Fidel, pormenorizándole mi perplejidad sobre lo que ocurría. No me contestó pero al poco tiempo recibí una invitación para entrevistarme con él.
Fue la única vez que estuve con Fidel Castro; no conversamos, pues no era una persona que admitiera interlocutores, sólo oyentes. Pero las 12 horas que lo escuchamos, de ocho de la noche a las ocho de la mañana del día siguiente, la decena de escritores que participamos de aquel encuentro nos quedamos muy impresionados con esa fuerza de la naturaleza, ese mito viviente, que era el gigante cubano. Hablaba sin parar y sin escuchar, contaba anécdotas de la Sierra Maestra saltando sobre la mesa, y hacía adivinanzas sobre el Che, que estaba aún desaparecido, y no se sabía en qué lugar de América reaparecería, al frente de la nueva guerrilla. Reconoció que se habían cometido algunas injusticias con las UMAP —que se corregirían— y explicó que había que comprender a las familias guajiras, cuyos hijos, becados en las nuevas escuelas, se veían a veces molestados por “los enfermitos”. Me impresionó, pero no me convenció. Desde entonces, aunque en el silencio, fui advirtiendo que la realidad estaba muy por debajo del mito en que se había convertido Cuba.
La ruptura sobrevino cuando estalló el caso del poeta Heberto Padilla, a comienzos de 1970. Era uno de los mejores poetas cubanos, que había dejado la poesía para trabajar por la Revolución, en la que creía con pasión. Llegó a ser viceministro de Comercio Exterior. Un día comenzó a hacer críticas —muy tenues— a la política cultural del Gobierno. Entonces se desató una campaña durísima contra él en toda la prensa y fue arrestado. Quienes lo conocíamos y sabíamos de su lealtad con la Revolución escribimos una carta —muy respetuosa— a Fidel expresando nuestra solidaridad con Padilla. Entonces, este reapareció en un acto público, en la Unión de Escritores, confesando que era agente de la CIA y acusándonos también a nosotros, los que lo habíamos defendido, de servir al imperialismo y de traicionar a la Revolución, etcétera. Pocos días después firmamos una carta muy crítica a la Revolución cubana (que yo redacté) en que muchos escritores no comunistas, como Jean Paul Sartre, Susan Sontag, Carlos Fuentes y Alberto Moravia tomamos distancia con la Revolución que habíamos hasta entonces defendido. Este fue un pequeño episodio en la historia de la Revolución cubana que para algunos, como yo, significó mucho. La revaluación de la cultura democrática, la idea de que las instituciones son más importantes que las personas para que una sociedad sea libre, que sin elecciones, ni periodismo independiente, ni derechos humanos, la dictadura se instala y va convirtiendo a los ciudadanos en autómatas, y se eterniza en el poder hasta coparlo todo, hundiendo en el desánimo y la asfixia a quienes no forman parte de la privilegiada nomenclatura.
¿Está Cuba mejor ahora, luego de los 57 años que estuvo Fidel Castro en el poder? Es un país más pobre que la horrenda sociedad de la que huyó Batista aquel 31 de diciembre de 1958 y tiene el triste privilegio de ser la dictadura más larga que ha padecido el continente americano. Los progresos en los campos de la educación y la salud pueden ser reales, pero no deben haber convencido al pueblo cubano en general, pues, en su inmensa mayoría, aspira a huir a Estados Unidos, aunque sea desafiando a los tiburones. Y el sueño de la nomenclatura es que, ahora que ya no puede vivir de las dádivas de la quebrada Venezuela, venga el dinero de Estados Unidos a salvar a la isla de la ruina económica en que se debate. Hace tiempo que la Revolución dejó de ser el modelo que fue en sus comienzos. De todo ello sólo queda el penoso saldo de los miles de jóvenes que se hicieron matar por todas las montañas de América tratando de repetir la hazaña de los barbudos del Movimiento 26 de Julio. ¿Para qué sirvió tanto sueño y sacrifico? Para reforzar a las dictaduras militares y atrasar varias décadas la modernización y democratización de América Latina.
Eligiendo el modelo soviético, Fidel Castro se aseguró en el poder absoluto por más de medio siglo; pero deja un país en ruinas y un fracaso social, económico y cultural que parece haber vacunado de las utopías sociales a una mayoría de latinoamericanos que, por fin, luego de sangrientas revoluciones y feroces represiones, parece estar entendiendo que el único progreso verdadero es el que hace avanzar la libertad al mismo tiempo que la justicia, pues sin aquella este no es más un fugitivo fuego fatuo.
Aunque estoy seguro de que la historia no absolverá a Fidel Castro, no dejo de sentir que con él se va un sueño que conmovió mi juventud, como la de tantos jóvenes de mi generación, impacientes e impetuosos, que creíamos que los fusiles podían hacernos quemar etapas y bajar más pronto el cielo hasta confundirlo con la tierra. Ahora sabemos que aquello sólo ocurre en el sueño y en las fantasías de la literatura, y que en la realidad, más áspera y más cruda, el progreso verdadero resulta del esfuerzo compartido y debe estar signado siempre por el avance de la libertad y los derechos humanos, sin los cuales no es el paraíso sino el infierno el que se instala en este mundo que nos tocó.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Alvaro que al igual que su padre Mario Vargas Llosa tiene preferencia por el mundo latino, analiza a profundidad y se pregunta "Cuba, ahora qué" y muestra que el castrismo ha de pervivir largo en la Isla habida cuenta de una realidad que abruma. conoce muy bien Alvaro y adelanta algunos presagios. la lectura de 10 minutos es ilustrativa.



Álvaro Vargas Llosa


No fue a La Habana a despedir a Fidel Castro ningún jefe de Estado o de gobierno en funciones de un país desarrollado, ni siquiera un mandatario o dictador de los BRICS, y las ausencias latinoamericanas incluyen a los gobernantes de Brasil y Argentina, así como de tres de los cuatro países integrantes de la Alianza del Pacífico (la excepción fue México). Con seguridad tampoco habría ido el mandatario de Colombia si no fuera porque La Habana hospedó las negociaciones de su gobierno con las FARC.

Hay, pues, una notoria desproporción entre las declaraciones oficiales y los trinos (tuits) que los gobiernos de medio mundo dedicaron a Castro y la presencia física de líderes extranjeros en la interminable despedida oratoria que se le tributó al fenecido líder de la revolución cubana en la Plaza de la Revolución. Da una idea de lo poco que significa esa Revolución para el mundo próspero y para el emergente, y de lo anacrónica que resulta la figura de Fidel para el mundo.
Compárese esto, por ejemplo, con lo que fueron los funerales de Tito en la Yugoslavia de 1980, cuando presidentes y monarcas de muchos lugares se hicieron presentes. Hoy pesa muy poco Cuba como país y, aun menos que Cuba, la Revolución. Es un epitafio cruel para quien pasó su vida tratando de ensanchar el perímetro geográfico y geopolítico de la isla, y el de su propia figura, y llegó a creerse el cuento de que Cuba estaba en el centro del mundo.

Mientras tanto, otras islas dedicaron el tiempo a abandonar la pobreza y hacerse poderosas económicamente, resignándose a que su rol en la política internacional fuese limitado. En ellas se vive hoy mucho mejor que en Cuba.

¿Cuál es el legado de Fidel? El político no puede ser más negro. La última elección democrática tuvo lugar en 1948 porque, desde que tumbó al dictador Batista, Castro convirtió a su país en un Estado policial mucho más prolongado y organizado del que derrotó en 1959. Las guerrillas que sembró en buena parte de América Latina dieron pie a dictaduras militares de extrema derecha a las que luego sucedieron las democracias hoy vigentes. Medio siglo después, los gobiernos admiradores de Castro han sido expulsados por la vía constitucional (Brasil) o derrotados en las urnas (Argentina), o sobreviven porque se han vuelto de extrema derecha (Nicaragua), o han tenido que anunciar su retirada (Ecuador, Bolivia), o se han hundido en el descrédito (Venezuela).

Pero más elocuente aún que todo eso, es el hecho de que en 2007, meses después de que Fidel dejara el poder para tratarse la diverticulitis, primero de forma interina y años más tarde definitiva, Raúl empezó a deshacer elementos esenciales del modelo de la Revolución. No fue muy lejos, y no renunció a la dictadura de partido único, pero la orientación de las reformas -la apertura migratoria, el “cuentapropismo”, la normalización diplomática con Estados Unidos sin esperar el levantamiento del embargo- tenía un tufo contrarrevolucionario.

Castro logró, a pesar de ello, que su Revolución durara casi medio siglo (él estuvo al mando durante 47 años). Su capacidad para organizar un Estado policial eficaz no está en duda. Cabe preguntarse si le hubiera sido posible sostenerse sin convertir al régimen antiimperialista en un satélite soviético durante décadas. Sin los 65 mil millones de dólares a los que, según el prestigioso economista Carmelo Mesa-Lago, ascendió el subsidio soviético durante 30 años, ¿habría sobrevivido Fidel? Y, pasado el “período especial” de los años 90 tras la caída del Muro de Berlín y el imperio comunista, ¿habría aguantado en pie sin los más de 10 mil millones de dólares anuales recibidos gracias al venezolano Hugo Chávez a través de un comercio y unas inversiones que eran dádivas encubiertas?

Ese es el legado político. ¿Cuál es el económico? Una isla que podría ser una potencia agrícola importa hoy más de 1.800 millones de dólares en alimentos porque no es capaz de producirlos; la zafra azucarera, en una de las otrora capitales mundiales del azúcar, ha pasado de ocho millones de toneladas a poco más de… ¡un millón! El grueso de la economía son servicios sociales que se hace costosísimo mantener porque cada vez hay más gente de la tercera edad y menos gente joven, y la poca actividad industrial representa hoy casi la mitad de la que había cuando cayó el Muro de Berlín. ¿Culpa del embargo? No: Cuba hubiera podido comerciar con los demás países del mundo y atraer muchos capitales originados allí si se lo hubiera propuesto en serio.
Mientras que Deng Xiaoping optó en 1978 por una revolución capitalista en China y sentó las bases para que su país se volviera la segunda economía del mundo, en la isla Fidel optó por la vía contraria; su país, que era la tercera economía de América Latina, pasó a ser una de las últimas.

Sí, algunas áreas, como la educación y la salud, recibieron mucho énfasis y por tanto exhiben algunos índices alentadores, pero Cuba ya estaba en 1959 entre los mejores del contexto latinoamericano. Además, no tiene sentido aislar esas áreas del conjunto de la economía porque, a fin de cuentas, el deterioro general no exonera a la educación y la salud. Por eso en tantos períodos los hospitales de Cuba han carecido de cosas elementales.
También es cierto que algunas zonas del interior del país, gracias a la redistribución, se vieron beneficiadas y por tanto “igualadas” a otras. Pero la mediocridad general lleva décadas empujando a la gente a desafiar a los tiburones del estrecho de La Florida a bordo de una balsa para tratar de alcanzar las costas de Miami.
La cuestión -la gran cuestión- que se plantean ahora tanto la Revolución como los demócratas cubanos y la población en general, tiene que ver, no con el pasado ni el legado, sino con el futuro.
Después de Fidel, ¿qué?
En principio, Raúl Castro dejará la jefatura del Estado en 2018 según su propio compromiso para entregar el mando a Miguel Díaz-Canel, un ingeniero eléctrico que fue de los pocos miembros del Politburó nacidos después del triunfo de la Revolución. Sin embargo, cuando en 2013 Raúl hizo el anuncio de que no se quedaría más de cinco años al mando del Estado y designó a Díaz-Canel como aparente sucesor, no aclaró si abandonaría también el mando del Partido Comunista y de las Fuerzas Armadas, los verdaderos poderes de Cuba. Todo hace prever que, en el futuro cercano y mientras la salud se lo permita, será el mismo Raúl quien ejercerá ese control.

Hasta allí, todo parece claro, salvo que una lucha de poder al interior del régimen, por ejemplo entre reformistas y antirreformistas, o entre facciones generacionales, o entre amigos y enemigos del plan de sucesión, lleve las cosas por un rumbo imprevisible. La edad de Raúl no permite augurarle muchos más años de ejercicio del poder real. Por tanto, todos los focos apuntan a la siguiente generación de los Castro y en particular a Alejandro, el hijo de Raúl que hoy tiene poder como coronel del Ministerio del Interior y responsable de la contrainteligencia.

La familia de Raúl está umbilicalmente ligada al poder no sólo desde el punto de vista político sino también económico. El yerno o ex yerno de Raúl, Luis Alberto Rodríguez (casado o divorciado de Débora, su hija, según se les crea a unos u a otros), está a la cabeza de Gaesa, el “holding” militar que maneja la mitad de la economía cubana. Luis Alberto no es otra cosa que un instrumento de Raúl, al que rinde cuentas personalmente sin escala en instancia alguna.
Todas las fuentes significativas de divisas de Cuba pasan por ese organismo, que controla más de 50 empresas pertenecientes a las Fuerzas Armadas.

Gaesa es el “partner” con el que los capitales extranjeros tienen que asociarse si quieren invertir en turismo, venta minorista, infraestructura, propiedad inmobiliaria, etc. El diseño, personalmente ordenado por Raúl, viejo admirador de los modelos de China y Vietnam, responde a la necesidad de permitir que haya capitalismo en Cuba, pero en alianza con el partido único y, muy específicamente, con los Castro. Por eso es que no resulta realista pensar que Raúl se retirará en 2018 del mando real aun si se retira de la jefatura formal del Estado.
La capacidad de cualquier dictadura para sostenerse en el tiempo más allá de la vida de sus responsables no depende de quienes detentan el poder. Muchos factores que escapan a su control entran en juego. No es seguro que se pueda establecer una dinastía de los Castro o que, a la muerte de Raúl, sus hijos y los hijos de Fidel -que tuvo muchos, con distintas madres- estén en condiciones de hacerse con el poder. Pero lo que sí es seguro es que, a menos que se produzca una fractura o que el régimen se derrumbe, esa familia va a seguir teniendo una gravitación aplastante mientras no se produzca una transición política.

La otra transición, la económica, continuará con Raúl y, de acuerdo con su diseño, con quien venga después. Una transición lenta, limitada, con claro dominio por parte del estamento militar, pero de orientación capitalista. Hay ahora unas 200 actividades privadas permitidas y, gracias al “cuentapropismo”, es decir los pequeños negocios, un millón de personas realiza labores en beneficio propio en lugar de trabajar para el Estado. Este desahogo ha dado algo de oxígeno al gobierno, pero está lejos de ser suficiente para impulsar la economía de la isla.
La esperanza de Raúl y los suyos era que el capitalismo estadounidense, junto con el de otros países, rescatara a la Revolución. Pero la llegada de Trump al poder en Estados Unidos ha complicado los planes porque el presidente electo ha anunciado que modificará los términos de la normalización diplomática con Estados Unidos si La Habana no hace concesiones políticas. Aunque hay en el sector republicano y entre los empresarios estadounidenses crecientes voces a favor de levantar el embargo, lo cierto es que esa decisión pasa por el Congreso, donde la representación renovada el pasado mes de noviembre cuenta con detractores frontales de Cuba. El senador Marco Rubio, por ejemplo, jugará un papel importante en las relaciones exteriores a través de la comisión que se ocupa de esta área. Ni con un presidente demócrata ni con uno republicano es previsible, en el futuro inmediato, un levantamiento del embargo.

Aun así, Obama ha logrado, mediante órdenes ejecutivas, relajar en parte las restricciones. Gracias a ello, algunas líneas aéreas, como American o JetBlue, han iniciado vuelos regulares desde Nueva York y algunas empresas tecnológicas han iniciado el proceso para ofrecer servicios (también General Electric está en tratos). Si esta marea se interrumpe, Castro lo tendrá muy difícil para lograr que el capitalismo estadounidense lo rescate en el corto plazo. Si no se interrumpe, es improbable que se intensifique, lo que implicará una marcha económica a medio motor. Ello, en el contexto de una Venezuela que cada vez tiene más problemas para seguir sosteniendo con su subsidio a la isla.
Lo que deja Fidel es una Cuba con muchas más preguntas que respuestas.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Roberto Laserna ha tenido presencia mediática ininterrumpida desde largo, por ello su texto pesa, sus análisis son correctos, a pesar "de la molestia de los fidelistas y chavistas" del medio boliviano.

En la agitación de las redes causada por la muerte de Fidel, pues u posa de confesión que motivó cierto debate, algunas confesiones más, y malestar en otros amigos que no terminan de superar sus viejos amores.


 Tuve un afiche de Fidel en la pared, no del Che, porque me interesaba la obra y no el discurso. Cuando poco a poco supe la verdadera dimensión de esa obra, me alejé del afiche y la admiración hasta admitir que, como los del manual, había sido un idiota. No es fácil deci...rlo, y lamento que alguien se ofenda por el uso de tal palabra. 

 Pero lo que parece haber causado más enojo en los "fidelístas" fue un comentario sobre la distancia entre Martí y Fidel, que es similar a la de Bolívar y Chávez. Y es que, en el fondo, ahí se descubre la magnitud de la impostura que permitió a ambos embaucar a sus pueblos.


 Bolívar y Martí fueron republicanos y demócratas, pero sobre todo liberales. Digo sobre todo porque el objetivo fundamental de toda su acción política fue la libertad individual, para la cual la república y la democracia eran medios e instrumentos. Como el nacionalismo, que plantearon como afirmación de fuerza frente a las amenazas de potencias externas. Este componente, puramente instrumental y subordinado al fin principal de Bolívar y Martí como políticos, fue aislado y potenciado por Chávez y Castro hasta desfigurar completamente la herencia intelectual que pretendían recuperar. 

 Fidel se apropió de Martí, como de tantas otras cosas, y fue sin duda una genialidad política el haberlo hecho. Tal vez su única idea original, pues las demás llegaron de catecismos y manuales. Chávez la copió, escudando ambos sus atropellos a la libertad individual en el antiimperialismo nacionalista, algo que contradijo profundamente las ideas de sus supuestos antecesores. Así, los homenajes y gestos de sacralización, el culto a Martí y Bolívar que cultivaron Castro y Chávez, fueron en realidad repudiables traiciones al pensamiento y la lucha política que aquellos libraron. 


 No me extraña que moleste tanto señalar este hecho. Como dije, recuerda que la única genialidad política de Fidel estuvo basada en la mentira. No sería mala idea rescatar a Martí y a Bolívar del secuestro político al un fueron confinados.

corresponde al pueblo cubano juzgar a Fidel, lo hará en la medida en que la libertad de expresión cobre fuerza en una Isla dominada por un régimen que prometió todo y casi nada cumplió. en la económico es tan grande su fracaso que no tiene atenuantes juzga LTD

“Condenadme, no importa, la Historia me absolverá”. Con esa frase, Fidel Castro cerró su alegato de autodefensa ante el juicio incoado en su contra en 1953 por los asaltos a varios cuarteles militares dirigidos por él el 26 de julio de ese mismo año.

63 años después, el primer efecto de la muerte de Fidel Castro ha sido la inauguración del tan esperado por unos y temido por otros juicio de la historia. Un juicio que no será nada fácil pues en la figura del líder cubano, en sus pensamientos y actos, se concentran las ideas, pasiones, búsquedas y extravíos de varias generaciones. El juicio al que Castro comienza a ser sometido es, pues, también y sobre todo, el juicio a toda una época.

En Latinoamérica, por lo menos tres generaciones de latinoamericanos tendrán que ser parte de ese juicio. Y no sólo como jueces —papel que a estas alturas de la historia puede ser muy cómodo— sino como actores o simples seguidores de las grandes corrientes políticas que se abrieron a partir de la revolución cubana, sea para apoyarla y reproducirla o para combatirla.

Las primeras horas posteriores a la muerte de Castro han sido suficientes para dar una cabal idea de lo que eso significa. Con el mismo apasionamiento con que unos pretenden elevar a Fidel Castro al altar de las divinidades, otros lo condenan sin miramientos y todos esgrimen con firmeza argumentos inspirados en sus respectivas adhesiones ideológicas.

Por ahora, es poco el espacio que queda abierto para el juicio objetivo. Sin embargo, pasada la inevitable euforia inicial, sin duda se irán abriendo paso los datos fríos de la realidad, aquellos que están por encima de los actos de fe. La realidad económica, política y social que queda como saldo de más de medio siglo de castrismo será, en última instancia, la que defina si Fidel Castro merece o no la absolución de la historia.

Al ingresar a ese plano, no es difícil constatar que el balance está muy lejos de lo que Castro y sus seguidores esperaban y ofrecían. En lo económico, es tan rotundo el fracaso del socialismo cubano que no hay atenuantes que valgan. En lo político, Cuba queda como el único país latinoamericano sometido a una dictadura militar que para sostenerse requiere como condición indispensable privar a sus súbditos de las más elementales libertades civiles. Y en lo social, si bien ha logrado preservar e incluso mejorar los excelentes niveles de educación y salud que heredó de los tiempos anteriores a la Revolución, lo hizo a costa de sumir a la población cubana en un muy equitativo nivel de carencias y privaciones, del que sólo se libra la élite gobernante.

De cualquier modo, y más allá la talla mundial que alcanzó Fidel Castro, a nadie corresponde más que al pueblo cubano hacer las evaluaciones y emitir su dictamen. Para ello, es indispensable que, como ocurre en todo el mundo, en Cuba también se produzca un fluido intercambio de opiniones, reflexiones, análisis y comentarios sobre la obra del caudillo y su legado. Algo que por lo menos por ahora está prohibido en ese país, lo que es en sí mismo un elocuente testimonio de la pesada carga que hereda.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Puka Reyesvilla nos recuerda una entrevista con Victor Hugo Cárdenas, hace ya 7 años vaticinó que si no se actúa pronto, las ciudades se quedarán sin agua potable. Puka nos recuerda que Bolivia se gobierna con los pies, a patadas y rodillazos.


Hace aproximadamente siete años, cuando formaba parte de la mesa del programa “Enemigos íntimos”, en radio Fides, el exvicepresidente Víctor Hugo Cárdenas tuvo a bien aceptar nuestra invitación para someterse al no siempre cómodo –para el entrevistado- ejercicio del escrutinio público sobre diversas cuestiones.



Los últimos días me han venido al oído, como si estuviesen sonando hoy, los términos  que la exautoridad nacional, datos en mano, dedicó al asunto del agua, tomándose buena parte del tiempo del programa. Palabras más, palabras menos, Cárdenas, en su admonición final, advirtió que “si no se toman de inmediato las previsiones, el agua desaparecerá de las ciudades en pocos años más”. Dicho y hecho.



El mensaje, obviamente, iba dirigido al régimen, en general, y a los encargados de la gestión del agua, en particular. Me cuesta creer que no lo escucharon –el programa gozaba de algún grado de audiencia, sobre todo la de, por lo menos, gente afín al gobierno que, de tanto en tanto, nos hacía llegar amenazas veladas-. Más bien pienso que, por tratarse de un ciudadano ampliamente conocido por sus críticas al régimen –en la actualidad, con mayor dureza aún- los operadores del mismo, incluidos los “hombres fuertes”, muy pagados de sí mismos por entonces, habrán optado por mofarse de Cárdenas o la habrán considerado como un agente de la CIA en plan alarmista.



Siete años después, el 19 de noviembre de 2016, en Oruro, el señor Evo Morales, tomando por estúpidos a los ciudadanos dice: “No sabía que había problemas en La Paz”, contradiciendo su propia petición de disculpas hecha días antes. Si no sabía de la escasez de agua, ¿por qué qué las pedía? Una vez más la incoherencia del individuo que gobierna el país se hacía patente.



Finalmente, rendido a la evidencia, reconoció –a la manera de un amante que es el último en enterarse de que su pareja le es infiel- que la crisis del agua está ante sus narices y que tira para largo. Como medida política antes que técnica, desconociendo –censurándola sería más propio decir- a la ministra del área, designa un gabinete especial comandado por su factótum, el siniestro Señor de los Camiones, cuyas primeras medidas parecen ahondar aún más la crisis.



Morales y sus llunkus reconocen la existencia del problema –ya sería demasiado que no lo hicieran; la propaganda es inútil cuando la realidad se presenta a ojos vista-. Pero una cosa es reconocer y otra, asumir su responsabilidad –culpa, inclusive- en el desencadenamiento de tan extrema situación.



Como de costumbre, la Nomenklatura oficialista ha salido por la tangente, internamente purgando de sus cargos a sabandijas puestas por ella misma; ¿la MAE? Bien, gracias; ¿el capo de tutti capi? En las nubes. Pero la artillería del régimen ha sido, una vez más, dirigida a factores externos: Doria Medina, la prensa “exagerada”, las redes sociales… Vergonzosa “lavada de manos” que, sin embargo, la han hecho sin agua. Un portento sólo posible con una colosal dosis de cinismo.



En la gestión del régimen hay, por lo menos, un alto grado de imprevisión -con un posible agravante de corrupción- ¿No es corrupción, acaso, destinar ingentes recursos a lujos y placeres, mezquinándoselos a las necesidades más apremiantes de la población: salud, educación, servicios básicos, justicia y seguridad?



Hace poco, en medio de la desesperación de la ciudadanía al borde de la deshidratación y amenazada por enfermedades, el malhechor que vive en las nubes definió sus prioridades mostrándose preocupado por la organización de un cuadrangular de fútbol. Es el mejor testimonio de que, desde hace diez años, a Bolivia la están gobernando con los pies.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Lupe Cajías hace historia recordando a "militares constitucionalistas" que lograron mantener el respaldo de las FFAA a procesos electorales que le devolvieron soberanía al pueblo. positiva tarea de Lupe, especialmente para los jóvenes que deben saber que no todos los uniformados son "llunkus e interesados", los hay patriotas y honestos a toda prueba.

El 24 de noviembre se cumple el aniversario de otro de los golpes militares que se acumulan en nuestra historia republicana. Sin embargo, el pronunciamiento del general David Padilla Arancibia y de un grupo de oficiales fue para asegurar la convocatoria a elecciones y el retorno a la vía democrática surgida en enero de 1978.

Al recordar aquel movimiento es ineludible nombrar a los uniformados que desde otro intento de golpe en 1974 buscaron consolidar un Ejército y unas Fuerzas Armadas institucionales y al servicio de la Constitución Política del Estado.

A ese grupo, al que pronto se lo llamó simplemente ‘institucionalista’, pertenecieron Gary Prado Salmón, Raúl López Leytón, Iván Urgel, Lucio Áñez, Simón Sejas y muchos otros, que poco se nombran en los discursos presidenciales, que se jugaron la carrera y también la vida por un ideal libertario. Actuaron, hay que subrayarlo, no solamente en plena dictadura banzerista (en su momento más duro con las medidas de noviembre de 1974), sino contra el contexto sangriento de la Doctrina de Seguridad Nacional en todo el Cono Sur.

Prado y López se arriesgaron a liberar a presos políticos. Que cuente Jaime Paz Zamora cómo se dieron los hechos para que sus compañeros abran su celda en el control político. Era como el intento de los oficiales alemanes, casi desesperado, para salvar a Alemania y al mundo de Adolf Hitler. Recordemos que fueron los militares institucionalistas los que se rebelaron contra Luis Arce Gómez, en febrero de 1981.

Prado habría de entregar más tarde su permanente discapacidad para prevenir graves incidentes en Santa Cruz. López fue la figura respetada que impidió a otros golpistas atentar contra el débil Gobierno de la naciente democracia, en 1984. Áñez impulsó una fuerza antidroga institucional y evitó caer en trampas como la preparada contra una ciudadana canadiense-boliviana; fue un vocero respetuoso y abierto con los periodistas. Urgel ayudó en la resistencia.

Es verdad que el propio Padilla confesó cómo se resolvió el golpe para el 24 de noviembre de 1978 en una parrillada y casi como una tómbola. Era parte del juego. Sin embargo, él y su gabinete dieron garantías para las campañas electorales y las elecciones de 1979. Lo que sucedió luego fue un capítulo ajeno a ellos.

En la última transición militar civil, le tocó a Guido Vildoso entregar la banda presidencial y cruzar la plaza Murillo en medio de los aplausos pueblerinos. Hasta 2006, el Ejército, las FFAA, mantuvieron esa línea institucional, sobria, sin escándalos

jueves, 13 de octubre de 2016

represión a dirigentes políticos, autoridades, presos y exiliados políticos que discrepan del pensamiento oficial que se pretende único. Amén del insulto y el acoso a medios de comunicación y a periodistas independientes como Carlos Valverde, Humberto Vacaflor, Amalia Pando, Raúl Peñaranda y otros.


 

A 34 años, vivimos para contar la historia
 
 

Susana Seleme Antelo

 

Aquel 10 de octubre de 1982, Bolivia vivió unos de los más gloriosos días de los que tenía memoria hasta entonces: la derrota del militarismo dictatorial que sojuzgó a Bolivia y a su gente durante 18 años.



Tras esos tiempos de lucha, exilios, cárceles, torturas y muertes, recuperamos la democracia como convivencia entre diferentes, bajo el principio de libertad y justicia en paz para todos, sin distinción alguna.



Quienes vivimos aquel día, los anteriores cuajados de esperanzas y los que vendrían luego, tuvimos el privilegio de ver coronados los esfuerzos de la generación de la democracia.



Sentimos que habíamos tomado “el cielo por asalto”, no con balas ni enfrentamientos, sino con ideas, con propuestas, diálogos, reuniones abiertas y otras clandestinas, para llegar a acuerdos y pactos. Fue un conjunto de voluntades para recuperar el Estado de Derecho, el respeto a los Derechos Humanos y la dignidad ciudadana. Fueron días de júbilo que mitigaron la tristeza por la ausencia de quienes ya no estaban.



¿Qué pasaba en el ocaso del ciclo militar-dictatorial? La Bolivia de carne y hueso se reconoció, se movilizó, se unió, marchó con el signo de los nuevos tiempos, se enfrentó al poder militar con firmeza y argumentos; sembró y compartió las ganas y los sueños de un país sin dictadura. Por eso Bolivia toda se hizo militante de la democracia. Y ‘hemos vivido para contarlo’ -como dijera Gabriel García Márquez- a las nuevas generaciones y para recordárselo a quienes lo han olvidado.



La transición del régimen militar-dictatorial al democrático no fue de un día para otro, ni fue fácil. Hubo “tantas idas y venidas”, como dice la cueca, pero no se nos ‘gastaron los zapatos’, ni las ideas, ni las ganas de recuperarla a pesar de las dificultades, las trabas y los sacrificios. Era lo que quería la sociedad civil y las fuerzas políticas asumieron ese deseo-mandato.



El tiempo de júbilo, después del 10 octubre de 1982, se enfrentó con una realidad compleja y una economía más compleja aún. El sistema político y las tantas expresiones de clases y sectores de clase, empezaron a sucumbir en sus propias contradicciones. No fue la democracia la que se equivocó. Se equivocaron quienes optaron por la “democracia de mercado”, como pensaba Joseph Schumpeter. Es decir, que la actividad política encubre intereses personales o partidistas, que relegan al ciudadano al poco democrático papel de votante-consumidor de promesas populistas y demagogas, que se incumplen sistemática e impunemente. Como hacen Evo Morales y el MAS.



Por todo eso, y mucho más, hoy debemos recordar con respeto al Dr. Hernán Siles Suazo, el presidente de la democracia recuperada. El permitió que se expresaran en libertad diversas visiones del mundo, luego de 18 años de mordaza militar. Cumplió con el país, para luego irse de Bolivia y morir lejos, envuelto en la invariable ingratitud boliviana.



La misma ingratitud que hubo y hay hacia dirigentes y militantes de partidos políticos, a los propios partidos políticos como instituciones democráticas, y hacia algunos militares patriotas. Ellos supieron ver los horizontes de la democracia y a ella apostaron sus esfuerzos, desvelos y sus vidas.



Y debemos recordar el 10 de octubre de 1982 como la reconquista de la democracia y el Derecho en la “trama más original de la civilización y de la libertad modernas: su carácter jurídico”, según Umberto Cerroni. Es decir, la conquista de la justicia en libertad, para que el Estado y el gobierno cumplan su función protectora de la ciudadanía.



Después de aquel 10 de octubre pudimos caminar un tiempo “sin el testamento bajo el brazo” como amenazara un cruel ex ministro. Dijimos, hablamos, opinamos, escribimos, deliberamos, criticamos y actuamos durante algunos años.



En aquellas luchas están escritos los genes de la democracia. Sin ellas, Bolivia no hubiera vivido casi 25 años, más allá de sus luces y sombras, un tiempo democrático. Los últimos 10, de los 34, corresponden del régimen de Evo Morales, en los que la democracia y los demócratas hemos vivido peligrosamente, bajo la amenaza de las guillotinas judiciales solo por pensar diferente. Los hechos lo atestiguan: se ha eliminado la pluralidad política, se ha desmantelado la institucionalidad de los órganos del Estado, así como la transparencia y rendición de cuentas, mientras la corrupción le quita a la salud y la educación los recursos que piden a gritos los sectores sociales más necesitados. Desde el santuario cocalero-corporativo de Chapare se cultiva la hoja de coca, materia prima de la cocaína y se la fabrica sin pausa, pero con prisa. Es el poder del narcotráfico, ya con rebalse de las FARC.



Merced a la politización de la justica, o judicialización de la política, hoy campea la represión a dirigentes políticos, autoridades, presos y exiliados políticos que discrepan del pensamiento oficial que se pretende único. Amén del insulto y el acoso a medios de comunicación y a periodistas independientes como Carlos Valverde, Humberto Vacaflor, Amalia Pando, Raúl Peñaranda y otros.



De ahí que hoy recojamos las hilachas que quedan: una democracia vapuleada por la simple ‘democracia método’: el voto y la democracia de mercado, una democracia secuestrada por un autoritarismo populista-corporativo que va contra la diversidad, como síntesis de múltiples determinaciones. También en detrimento de su lema ‘originario-indígena campesino’. ¿Dónde quedó la visibilización de los pueblos indígenas y las 36 naciones originarias?



Mis respetos a la democracia y a quienes la conquistaron el 10 de octubre de 1982. Para recuperarla, volvamos a reconocernos en la diversidad, a unirnos, trabajar juntos, dialogar, llegar a acuerdos para hacer respetar el mandato del 21 de febrero que dijo NO a la re-re-reelección de Morales-García Linera.



Compartamos y multipliquemos las ganas y los sueños para recuperar una República de Bolivia democrática. Esa historia deberá escribirse antes, durante y después de las elecciones de 2019. Y también para que haya quienes vivan para contarlo.